El precio de no querer ver
Hoy hay muchas mentes moldeadas por el sistema, y otras aún más cerradas, moldeadas por su propio YO. Buscadores incansables, pero no de la verdad, sino de aquello que confirme lo que ya decidieron creer. Oyen y miran selectivamente, filtrando todo a través de un corazón que se engaña a sí mismo. Y así, pasan de largo lo esencial.
Como fue dicho: tragan el camello y cuelan el mosquito. Se detienen en lo superficial mientras ignoran lo profundo. Aman la apariencia, el brillo fugaz, el humo que se disipa. Aman la cáscara, lo visible, lo que impresiona, aunque por dentro esté vacío.
Prefieren la mentira que adormece antes que la Verdad que confronta y despierta. Saben, en lo íntimo, lo que está mal… pero no quieren soltarlo. No quieren dejar sus negocios, sus seguridades, sus estructuras cómodas. No quieren renunciar a ese humanismo que los coloca en el centro, ni a sus títulos, ni a sus vestiduras adornadas, ni al reconocimiento de los demás. No quieren perder seguidores, ni el lugar que han construido, ni el sonido de ser llamados “maestros”.
Y así transcurre la vida: evitando el encuentro con la Verdad. Esquivándola. Mirando hacia otro lado. Distrayéndose en un scrolleo constante, sin sentido, pasando una y otra vez por encima de lo que realmente importa.
Porque, en el fondo, muchos saben. Saben que si se detienen, si escuchan de verdad, algo tendrá que cambiar. Saben que se les pedirá soltar lo que más aferran. Y ahí está el punto: no es ignorancia, es resistencia.
Pero la Verdad no desaparece porque se la evite. Permanece. Espera. Y tarde o temprano, cada uno deberá decidir si seguirá corriendo tras lo superficial… o si tendrá el coraje de detenerse, mirar de frente y dejarse transformar.