CAZADORES
Desde Nimrod, el cazador que impulsó la torre de Babel, el ser humano intenta llegar a Dios apoyado en su propia fuerza. Babel fue símbolo de mezcla y confusión, el origen de Babilonia, un sistema que aparenta espiritualidad pero corrompe lo sagrado.
Babilonia no se opone frontalmente a Dios: lo imita, lo distorsiona y lo mezcla.
Caza las almas de la gente, busca doblegar voluntades.
Usa apariencia de piedad para atraer, controlar y manipular. Levanta estructuras, rituales y emociones para reemplazar la obra del Espíritu. Transforman lo santo en espectáculo y convierten la fe en un proyecto humano.
Babilonia:
- Mezcla carne y espiritualidad, creando una religión sin Cruz y sin transformación.
- Exalta al hombre, haciendo que las personas dependan de líderes y templos en lugar de Cristo.
- Caza almas, tratándolas como trofeos y no como hijos de Dios.
- Teje velos y vendas que bloquean la libertad espiritual, llenando la mente de engaños y rituales vacíos.
- Talla ídolos, reemplazando el temor a Dios por la admiración a personalidades, sistemas y “baales modernos”.
- Tolera el pecado, disfrazándolo con palabras bonitas, emociones y activismo religioso.
- Seduce, viste apariencia de santidad mientras su esencia es adulterio espiritual.
- Controla, manteniendo a las personas atadas al hombre, al evento, al ritual y a la estructura.
- Evita la Cruz, porque quien se encuentra con ella deja de depender de sistemas humanos.
Pero la verdad es clara: el hombre no puede llegar a Dios por la carne. Cristo ya pagó el precio; no somos cazadores de almas, somos testigos de su gracia. Dios mismo promete liberar a aquellos que Babilonia ha atrapado.
La verdadera Iglesia no es la que se sostiene en emociones o en apariencias y cree que Dios habita en templos hecho con mano de hombre. Es la que se encontró con la CRUZ, la que ha muerto a la carne, que vive en la libertad del Espíritu y reconoce a Cristo como la única Cabeza. Esa es la Iglesia resucitada, la esposa verdadera, sin mezcla y sin confusión.