La fé



La mente es el principal campo de batalla espiritual.
Toda batalla se libra en la mente
Es allí donde surgen pensamientos de miedo, cansancio, inseguridad o frustración, y te preguntas:
“¿Por qué pienso esto si creo en Dios?”
Es que el enemigo no siempre ataca con hechos visibles; su guerra es mental, lanzando dardos que si tú los recepcionas se convierten en pensamientos de fracaso, frustración, duda, temor e incredulidad para quebrar la confianza de un hijo.
Recuerda esos dardos que te tira Satanás son dardos cargados de su esencia: la mentira.
Porque la fé en Dios es la confianza, es el ancla que tenemos.
La fé es una esencia espiritual que nos permite permanecer en Dios, avanzar y conquistar.
El que quiera ser justo, debe vivir por fé.
Lo que muchos no saben es que la fe no solo salva el alma y trae convicción, sino que también fortalece la mente, convirtiéndose en un escudo que blinda la misma de la voces contrarias al espíritu.
Cuando confiamos verdaderamente en Dios, cuando tenemos FÉ la mente se alinea con SU verdad, el corazón se aquieta, y el alma deja de ser dominada por las voces extrañas, ajenas a la voluntad de Dios.

La Palabra lo declara en Isaías 26:3:
“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera, porque en ti ha confiado.”

Esa promesa no es un poema religioso: es una realidad espiritual.
La fe trae claridad cuando hay confusión, fortaleza cuando hay agotamiento, y paz cuando el entorno grita desesperación y caos.
Porque la fe no es emoción, es convicción firme en el carácter de Dios.
Cuando espíritu se alinea al Padre, el alma cree, y cuando el alma cree, la mente de blinda de su Verdad y Voluntad.
Entiende que es Hijo, que hay propósito y una tierra prometida por poseer. Que el desierto es un lugar de paso.

Por esta razón Israel estuvo en el desierto.
Dios los llevó por ese camino seco, habitad de la serpiente y de los demonios, no para destruirlos, sino para revelar lo que había en su corazón de cada uno.

Lucas 11:24
Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo; y no hallándolo, dice: Volveré a mi casa de donde salí.

¿Se alineó el hombre a las voz de los demonios?
En este caso, sí. Porque sus espíritus no estaban rendidos a Dios sino a sus propios deseos carnales, llenos de concuspisencias y ataduras a los deleites del sistema 

Deuteronomio 8:2 dice:
“Jehová tu Dios te llevó estos cuarenta años en el desierto, para afligirte y probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.”


El desierto no es un castigo, es una ámbito del Espíritu.
Allí, donde se acaba la fuerza humana, Dios enseña dependencia, purifica la intención de los corazones y revela la fé genuina.
En el desierto no hay distracciones: solo la voz de Dios y la voz de la serpiente… y la elección de a cuál voz creer.
El Espíritu del hombre decide a quien obedecer.
Si morir a su voluntad y vivir para Dios.
O si vivir conforme a sus placeres y deseos, viviendo en la carne alineada a la voz de Satanás.
Tu eliges, una voz trae vida y avance, la otra muerte en los círculos de los mismos desiertos.

Pero debes saber, que Jesús también fue llevado al desierto —no por el diablo, sino por el Espíritu Santo— para ser tentado.

Fue un diseño divino. 

Hebreos 4:15
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

En el desierto el enemigo intentó tocar las tres dimensiones del ser humano: cuerpo, alma y espíritu.

Primero, atacó el cuerpo, el área de la necesidad:
“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.”
Pero Jesús respondió con la Palabra, recordando Deuteronomio 8:3:
“No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”
Cuántas veces hemos escuchado esa voz: ¿Si eres hijo de Dios porque te pasa esto o aquello?
El hambre era real, pero la fe era más fuerte.
Dios permite la necesidad para enseñarnos que la vida no depende de lo visible, sino de lo que Él ha dicho.
El pan sostiene el cuerpo, pero la fe sostiene la mente y el espíritu.

Luego Satanás tentó el alma, apelando al orgullo y a la confianza en su Padre:
“Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti…”
Jesús respondió con firmeza: “No tentarás al Señor tu Dios.”

Aquí la lucha no fue física, sino interna.
El enemigo quiso sembrar inseguridad y manipular el alma con dudas: “Demuestra quién eres, quien es tu Padre, haz que te vean.”

Pero la fe no necesita demostrar, solo obedecer.
Una mente anclada en Dios no busca aprobación, descansa en su identidad.
Un hijo sabe quién es su Padre y Nuestro Padre Eterno es fiel, no perece, no abandona, no miente, no tienta a nadie ni puede ser tentado.
Cuando el enemigo siembra duda, la fe se convierte en escudo mental.

Finalmente, Satanás tocó el espíritu, ofreciendo todos los reinos del mundo a cambio de adoración.
Era un atajo al poder, sin cruz, sin dolor.
Pero Jesús respondió:
“Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.


La verdadera fe no negocia con el enemigo, no busca caminos fáciles, ni cambia adoración por conveniencia.
La fe que resiste en el desierto permanece fiel al carácter de Dios.
Es el ancla que nos sostiene cuando todo tiembla, y es el escudo que protege nuestra mente cuando la serpiente atenta contra las promesas, contra lo que Dios dijo de nosotros, contra su voluntad.

Por eso Efesios 6:16 nos recuerda:
“Tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno."


Cada vez que Jesús fue tentado, respondió con la Palabra.
Eso nos enseña que la fe no es pasiva: es una respuesta activa del espíritu de Verdad ante la mentira.
La voz de Dios es espada y escudo al mismo tiempo.





Así, el desierto deja de ser un lugar de derrota y se convierte en un terreno de revelación, un lugar de paso para que se forme el Cristo y se manifieste en nuestra Vida.
Allí, Dios nos humilla para enseñarnos, nos vacía del "YO" para llenarnos, y nos prueba para fortalecernos, para que salgamos refinados, pasados por fuego como gente espiritual, como gente con el carácter mismo del Cristo.
Y cuando comprendemos eso, ya no tememos al proceso.
La fe que resiste en el desierto, es la fe que conquista la promesa.

Jesús salió del desierto “en el poder del Espíritu”.
Así también saldrás tú: fuerte, maduro, cimentado en la roca, con el carácter de un hijo del  Dios Vivo.
Porque cada batalla mental vencida por la fe te forma, te afirma y te transforma.



Aunque la serpiente susurre temor, duda o cansancio, recuerda la voz del Padre siempre debe resonar más fuerte: “Este es mi hijo amado, en quien tengo complacencia.”
Ocúpate, procura cada día por hacer si voluntad, y estarás en su complacencia.

Y cuando todo se agite, cuando sientas que tu mente se desgasta o que no puedes más, recuerda: la fe verdadera no es un grito emocional, no es optimismo, buena vibra, porque no tiene que ver con el humanismo, sino que es una decisión espiritual: de hacer la voluntad de Dios en la Tierra.

Posicionate en la Verdad y protégete con el escudo de la Fé, pisale la cabeza a la serpiente.


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