El Reino



La senda que conduce al Reino de los Cielos, es una senda que, aunque abierta a todos, es estrecha.
El Reino no es una baratija, ni un premio fácil de obtener; es un honor reservado a aquellos que, con corazón humilde y disposición plena, abrazan la cruz y lo ponen en su vida como lo primero.
El Reino es para los que son como niños en cuanto a la malicia, puros de corazón, despojados de la hipocresía y la doblez. No es un espacio de inclusión indiscriminada, sino un ámbito exclusivo para quienes desean vivir bajo el reinado de nuestro Rey de Gloria. 
Es para los nacidos de nuevo, transformados por el Espíritu Santo, dispuestos a morir al yo terrenal para ser revestidos de la nueva creación en Cristo. 
Debemos comprender la diferencia entre el Reino y Babilonia. 
Babilonia no es un simple lugar, como un templo religioso o institución humana, sino que es el sistema mismo: una mezcla de confusión, exaltación del hombre, humanismo vacío, dependencia ciega y adoración a ídolos, sean estos pastores, profetas o familiares. Es un adulterio espiritual, una unión ilícita con el mundo, mientras se profesa pertenecer a la esposa genuina, la Iglesia de Cristo. 
Créanme, es posible hablar del Reino y tener los pies y el corazón firmemente plantados en Babilonia. Por lo tanto, quien se acerca a una comunidad del Espíritu, a la Iglesia verdadera, debe ser consciente de esta realidad. 
Debe estar dispuesto a la mansedumbre y la humildad para reconocer sus propias debilidades, arrepentirse y poner a Dios en el lugar que le corresponde, de hecho y en verdad.
Poner a Dios primero en su vida.
Para ser miembro de la Iglesia del Espíritu, debemos estar bajo la cabeza, Cristo. Debemos ver lo que Él ve, oír lo que Él dice y hacer lo que Él hace. 
Quienes desean vivir en el Reino deben entrar por la puerta estrecha: la muerte al "yo" en la cruz, la muerte a la carne. 
Ir a un lugar a escuchar sermones sin estar dispuesto a dejar atrás las ataduras de Babilonia, es simplemente religión, palabrería vacía, más de lo mismo que abunda en el mundo. 
Jesús mismo lo dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.” (Mateo 16:24). Esto implica la renuncia a todo aquello que nos separa de Él: las ataduras a la idolatría familiar, la prioridad de los afanes terrenales, el amor al dinero, el apego al pasado, y la compañía de los "muertos espirituales", aquellos que viven en la carne y no en el Espíritu. Debemos vender lo que poseemos como tesoro, dejar atrás lo que pudo ser y no fue, y no permitir que los muertos espirituales nos detengan en nuestro camino hacia la vida eterna. 

Hermanos, la senda es estrecha, pero la recompensa es eterna. 
 
Paz.


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