Debe ser enceguecido, para poder decir VEO
Saulo:
Perseguidor, celoso, ciego en su propia justicia.
Aquel respiraba amenazas y muerte contra la Iglesia... el que pidió cartas para apresar a cuanto discípulo encuentre en Damasco...
Ese Saulo de Tarso, un hombre ciego que creía que veía, ciego por su propia justicia, un hombre que se creía juez y mayor que muchos, de hecho eso significaba su nombre...emprende a realizar lo que por su justicia creía en su corazón, su viaje a Damasco... lo que no sabía es que en El Camino se iba a encontrar cara a cara con el Sol de Justicia...
El Sol de Justicia, Cristo mismo, aquella luz que al verla te enceguece de aquello que tu creías que veías...
Aquella luz que hace caer las escamas del fariseismo, la hipocresía, de la apariencia, de los títulos, de los linajes, de los méritos, de la prudencia de tu propio corazón, de tu carne, de tu humanismo, de aquello que crees que es justo, porque nuestra justicia es trapo de inmundicia ante Dios...
Aquella luz de Justicia, que alinea al diseño del Padre, que endereza lo torcido, que rectifica, conforme a su esencia...
Saulo el mayor, pasa a ser Pablo el menor de todos...
Y decir soy el menor no habla de insignificancia, sino de humildad...y esa naturaleza de humildad y mansedumbre no puede ser expresada si vivimos bajo la tiniebla de nuestra propia justicia, es imposible...
Nuestra justicia, es rebelde, orgullosa, pendenciera, llena de jactancia, se cree sabia no le gusta que le enseñen por que ella tiene la razón.
Pero... Nadie puede decir conocer a Cristo y verle, si antes no es enceguecido de toda justicia propia y alumbrado por el Sol de Justicia.
Ser enceguecido por la Luz de Cristo, el Sol de Justicia, implica morir, dejar caer toda escama de los ojos, despojarnos de todo lo viejo, de nuestra pasada manera de vivir, del viejo hombre para abrir los ojos del entendimiento y nacer de nuevo... a un Nuevo Hombre... a un hombre espiritual.
Antes creíamos que veíamos, pero estábamos ciegos y sordos... Más es necesario que seamos cegados, para poder decir ahora sí, veo!
Deje que la luz del conocimiento de Cristo, esa luz genuina alumbre su entendimiento.
Sea enceguecido de todo lo que sabe y lo que le enseño el hombre, deje las doctrinas de hombre y todo artificio, deje sus viejas prácticas y mañas del viejo hombre, deje el humanismo, deje lo que le enseñó la religión.
¡Que se caigan sus escamas!
Sea enceguecido a lo que conoce y despierte a la luz admirable de Cristo.